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1 El dominio tecno-burocrático combina la cultura de masas (entendida como industria cultural y cultura del espectáculo) con la existencia de una élite artística que perpetúa la distancia entre arte y vida cotidiana.

2 El capital ha monopolizado y hegemonizado la industria cultural, los medios de comunicación, la vida privada y la vida pública, poniéndolos a disposición de un fascismo solapado e invisible que se ha naturalizado.

 3 El origen del espectáculo es la pérdida de unidad del mundo. La expansión gigantesca del espectáculo moderno expresa la totalidad de esta pérdida. En el espectáculo, una parte del mundo se representa ante el resto del mundo como superior, haciendo una promesa de satisfacción de deseos que nunca cumple.

4 El arte moderno sólo tiene sentido en el contexto de una sociedad donde el trabajo humano se ha enajenado. No existiría el arte si no fuese porque la actividad vital de lo hombre/mujer, el trabajo, sigue estando sometida a un régimen de explotación.

5 El aura, que es lo depositado en la obra por el hacer humano, es la esencia social de lo hombre/mujer, su ser genérico, exteriorizado en el acto creativo y en el trabajo.

6 La actividad artística, para trascender su arresto en lo sublime debe abrirse a lo profano, lo que implica su huida de lo estético hacia lo político, su liberación, su conversión en libre obrar.

7 Las figuras de “genio” y de “artista” son construcciones ideológicas de un sistema que necesita de agentes que perpetúen el extrañamiento entre arte y vida.

8 Se trata de liberar a las obras de arte de su carácter de mercancía. Ya no basta con llevar un inodoro al museo, es necesario tirar el museo al inodoro y con él a todas las instituciones que rigen y reglamentan este campo de la sociedad, incluidas sus autoridades (sean públicas o privadas).

 9 La tecno-burocracia ha privilegiado dos frentes complementarios en las políticas actuales del campo del arte y la cultura: 1. La “Cultura del espectáculo” y 2. La administración de fondos concursables a modo de sistema de promociones.


10 No se trata de estetizar la política, sino de politizar el arte.

11 Politizar el arte supone la destrucción o vaciamento del campo del arte, tal y como hoy lo conocemos, supone la muerte del arte en tanto institución, en tanto cultura afirmativa, en tanto esfera sacra, en tanto profesión y espacio de las élites.

12 En el libre obrar, es el proceso lo que se expresa en la obra. Es el libre obrar el que habla a través de la obra+como proceso, como experiencia. La experiencia de producción se pone en la obra como contenido.

13 Proponer los circuitos del don, tanto en la política como en el arte, implica reivindicar la gratuidad de estas dos actividades. Sostener que ninguna de las dos puede ser reducida a un valor de cambio, y que, por lo tanto, escapan a las leyes del trabajo asalariado, significa, en resumidas cuentas, considerarlas como un regalo, que no espera retribución, sino que es un gasto “inútil”. Además, esta forma de circulación es parte del contenido de una obra.

14 La obra que transita por los circuitos del don es producida desde lo local para lo local, no tiene pretensiones de universalidad ni aspira al gran consumo, su politización lo arraiga a su entorno, a su comunidad.

Contra el arte y el artista. Colectivo Desface (La Neurosis).